La universidad que no debió ser – Parte 1

No soy de comentar sobre mis experiencias, pero esto es algo de lo que ya hace tiempo me propuse a escribir, y hoy me hice un tiempo, para evocar lo que la frágil memoria empieza ya a olvidar.

Allá por los años 90, después superar el examen de admisión, me tocó iniciar estudios a la universidad de mi natal ICA. La renombrada Universidad Nacional San Luis Gonzaga de Ica.

Para mí, la universidad siempre fue parte de mi camino, trazado desde años tempranos de mi niñez. Siempre me veía como universitario en alguna carrera de ingeniería o medicina. No había otra opción. Terminaría mis estudios en 5 años y sustentando una Tesis.

Como a todo colegial ingresante, y después de asumir el hecho de que una etapa crucial de tu vida ha terminado, tomaba, con cierto entusiasmo, el hecho de iniciar un nuevo tramo en mi carrera académica que ahora se llamaría vida universitaria.

Para ese entonces, era poco lo que sabía de la universidad. Para nosotros, estudiantes comunes de un colegio estatal, era un nivel superior a donde solo un grupo selecto podría ascender. Casi nadie hablaba de la universidad en los pasillos del colegio y sospecho que era un amargo preludio de lo que nuestro futuro académico nos deparaba. Con suerte, un 10% de nosotros terminaría una carrera universitaria.

Había elegido a la universidad San Luis Gonzaga porque era la única opción que existía en la ciudad. Tentar otras universidades implicaba un traslado de domicilio y un gasto adicional, que la economía de mi familia no podría soportar.

El proceso de matrícula, que inició con unos meses de retraso como era común en esos años, fue algo accidentado como la mayoría de gestiones en instituciones estatales, pero superados de una u otra forma, y antes de darme cuenta ya estaba listo para iniciar mi primera clase en las cátedras de pregrado. Con mis 16 años, había ingresado tan rápido a la universidad que no conocía aún el significado de lo que significaba «Cachimbo».

Los ambientes de la facultad no eran de lo mejor; pero eso no me importaba mucho. Yo venía de la educación estatal en toda mi vida y no esperaba mucho tampoco, al menos en infraestructura. Las aulas eran amplias, pero poco cuidadas. Tenían cortinas en la ventana para protegerse del sol iqueño que es de los más fuertes del país. Carpetas largas y gastadas con estructuras de fierro y madera, eran suficiente para acoger a una cantidad considerable de alumnos, pero no recuerdo haberlas visto llenas alguna vez.

El pabellón de Ing. mecánica-eléctrica con sus tres pisos estaba poco transitado y con las aulas generalmente vacías, como si existiera cierta escases de alumnado o de capacidad logística. Los pasillos eran poco transitados aún en horarios de clase.

Cerca a la entrada del pabellón, se encontraba el puesto de la fotocopiadora, muy necesario, como en todo centro de estudios.

Frente al pabellón había un parque con escasa y descuidada vegetación, poblada por algunas bancas de cemento para descansar. A un lado del parque se encontraban los infaltables puestos de comida o útiles.

Algo que me llamó la atención, ni bien empezar las clases, fue la rápida convocatoria a pertenecer a grupos estudiantiles políticos dentro de la universidad. Y el temor que te infundían, los alumnos más experimentados, con respecto a la dificultad en aprobar las materias.

Como mi objetivo en la universidad fue solo el estudio y no la política, siempre me mantuve alejado de grupos organizados dentro de la universidad. Pero escuchaba de una u otra forma las actividades que estos grupos realizaban o las riñas que entre ellos se originaban.

Fui testigo y víctima de los atrasos en los cursos, por causa de alguna protesta por parte de los grupos estudiantiles de momento. Varias veces me quedé fuera de las aulas sin poder entrar porque unos encapuchados habían cerrado las puertas y se ubicaban estratégicamente en las partes altas del pabellón con ladrillos en manos para defender su toma de local.

Eso no era nuevo y en cierta forma ya lo había escuchado antes. Pero lo que más me afectó y que, tristemente aún hoy recuerdo, fue la corrupción reinante entre los profesores y autoridades académicas. La baja calidad educativa de los docentes, y su pobreza intelectual, quedaban opacadas por su desvergonzada venta de notas. Y es que era así. Las notas no se ponían, se vendían descaradamente en la universidad. No puedo decir que me consta en todos los cursos, pero si no es así, diría «la mayoría», por no decir casi todos.

Recuerdo el curso al que llamaban «Humanidades» que no era más que una pobre introducción al materialismo dialéctico de Marx y Lenin, y cuyo libro de cabecera era el «Manifiesto del Partido Comunista». Una especie de adoctrinamiento disfrazada de curso. Uno de los pocos cursos, que recuerdo, se podía aprobar sin pagar, tan solo respondiendo automáticamente, lo que la profesora esperaba que respondieras.

De los demás cursos, como Física o Matemáticas nada bueno decir, Casi todos mantenían la misma mecánica: Unas clases recitadas mecánicamente con muy poco contenido útil; Unos exámenes o prácticas con la dificultad de universidades extranjeras de prestigio, tocando temas que muchas veces no eran enseñados; y unas calificaciones que siempre eran desaprobatorias, a menos que te «matricularas» en efectivo en la casa del profesor.

Que eras muy inteligente. Que eras un genio de las matemáticas. Eso no importaba. No importaba cuánto estudiases o cuánto te esforzases. Con suerte tu profesor miraría tu examen y si hubieras tenido la suerte de contestar alguna de las complicadas preguntas, igual te pondría cero, porque de seguro no obtendrías la respuesta esperada. ¿El profesor evaluaba tu desarrollo? Eso era mucho pedir. Al menos gratis. Por lo general la nota era la misma nota desaprobatoria para todos si no la pagabas.

Yo siempre fui un alumno ejemplar desde el colegio. Quienes me conocen saben que siempre estuve en torneos de matemáticas y era de los primeros puestos en ciencias. Pero mi realidad en esa podredumbre de universidad era que, trágicamente, terminaba desaprobado en varios cursos, y tenía que mirar con tristeza y amargura como mis compañeros «menos talentosos» aprobaban sin nada de esfuerzo.

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